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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Día 5: El recital

   Cuando sentí su cercanía, me sentí un poco incómoda y le pedí que me fuera a dejar a mi casa...después de todo él me fue a buscar...

   Sonó el timbre de la casa, salí a ver quién llamaba. Era él, era Rodrigo. Le dije que mi hermano no estaba, pero...

  • No lo vengo a ver a él...vengo por ti.
   Esto no lo esperaba, mi corazón casi se salió de mi pecho al escuchar esta declaración.
  • Voy al recital y quiero llevarte conmigo.
  • Pucha, es que estoy sola y no sé si...
  • ¿Bueno vas o no vas? - preguntó cortante.
   En fracción de segundos decidí que era ahora o nunca, que sólo se vive una vez, que carpe diem, etc, etc. Así es que le pedí que me esperara un instante. Entré en mi casa, me arreglé y dejé sobre la mesa del comedor una nota que decía "voy y vuelvo".
   Caminamos hasta la parada tomados de la mano y el resto del trayecto fue igual. Ya en el estadio, cantamos y bailamos cada canción, yo me las sabía todas.
   Terminado el espectáculo, nos fuimos a comer algo y luego caminamos por la ciudad. La noche estaba preciosa, el cielo lleno de estrellas.
   Al llegar a una plaza, nos sentamos en una banca y nos pusimos a conversar. Mientras conversábamos, él acariciaba mis manos, mi pelo. Después de un rato, me abrazó y sentí que una de sus manos se deslizaba de manera lenta e imprudente por mi cuerpo, en tanto me susurraba al oído: "vamos a mi casa...".
   No me gustó para nada el rumbo que estaba tomando nuestra cita, por ello le pedí que me llevara a casa y guardé silencio el resto del camino.
   Cuando entré en mi casa mi madre me miró diciendo "veo que volviste"
  • Sí mamá, tal cual como lo escribí en la nota.

jueves, 23 de agosto de 2012

Día 4: La marcha

      Salí de la sala con mucho sigilo, cuidando que la profesora y mis compañeras no se dieran cuenta de lo que pretendía hacer. Oculté mi mochila bajo el chaleco y me dirigí al patio de atrás del colegio, salté el muro que colindaba con el cementerio de las monjas y, así, a través de las tumbas llegué a la puerta principal, por ende a la calle. Tomé la micro y llegué a la esquina donde nos íbamos a juntar con mis amigas.

      La marcha dio inicio  a su largo recorrido a los minutos después de haber yo llegado. Caminamos cuadras y cuadras lanzando cientos de panfletos, leyendo un sin fin de pancartas que cargaban aquellas personas que caminaban junto a nosotras.
      No noté en qué momento llegamos a las afueras de la ciudad, mis amigas tampoco. Allí nos esperaban unas micros y autos para llevarnos a la ciudad vecina donde terminaría todo con un gran acto.
      Mis amigas y yo nos miramos perplejas, pues ninguna se había dado cuenta de todo lo que habíamos caminado y no teníamos idea de cómo volver, además de andar sin dinero. Estábamos ahí decidiendo qué hacer mientras veíamos como todos se iban. En eso, frente a nosotras pasa lentamente, una camioneta con algunas personas en su parte trasera... una de aquellas personas era él:

  • Rodrigo
      No lo dudé ni un segundo, corrí y me subí a la camioneta... mis amigas me siguieron.
      Fue increíble, estuvimos juntos cantando y bailando. Lo único que comimos fueron unas manzanas que nos regaló el dueño de un negocio.
      Ya avanzada la tarde, llegó la hora de regresar, cómo lo haríamos... no sé, lo único que tenía claro era que estaba feliz, cansada y mis tripas rugían de hambre. Rodrigo debía quedarse, entonces nos despedimos y junto a mis amigas comenzamos a caminar. Llegamos a una plaza, nos subimos a un autobús pidiéndole permiso al chofer y rogando que nos aguantara la patudes y... así sucedió.
      Llegué a mi casa bastante tarde con la excusa de haber estado haciendo una tarea y el corazón rebosante de alegría con lo que acababa de vivir.

lunes, 13 de agosto de 2012

Día 3: Un encuentro casual

   Hoy fui al museo con unas amigas, al salir y dirigirnos a tomar una micro a casa lo vi, o él me vio...no lo sé, es decir no sé quien vio primero a quien, sólo sé que nos miramos, nos sonreímos y ambos nos acercamos a saludarnos...¡por fin alguien que no se hace el loco, el que no te ve, el importante, el que te ignora, etc.!
   Le presenté a mis amigas, ellas lo miraban embobadas, creo que debí pellizcarlas para que disimularan un poco, pero no me importó, pues él al parecer no lo notó. 
   Luego de conversar un rato, me pidió que lo acompañara al museo, yo un poco confundida lo miraba a él y a mis amigas, estas últimas de inmediato reaccionaron e inventaron mil cosas para que me fuera con él y no me preocupara por ellas, así es que regresé al museo y vi nuevamente la muestra, sólo que esta vez con otra compañía.
   El museo entero me pareció nuevo e interesante. Lo recorrimos completamente tomados de las manos. Él no me pidió ser su pareja ni nada de eso, pero estar allí, tomados de las manos me hizo sentir especial o mejor dicho ser alguien especial para él.
   Al salir del museo nos fuimos juntos y me dejó, al igual que la otra vez, a la mitad del camino entre su casa y la mía. Se despidió con un beso en mi mejilla y se fue.
   No sé cuánto me demoré en llegar a casa, ni qué camino tomé, pero en la puerta estaban mis amigas, ansiosas de saber los detalles de este encuentro.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Día 2: Conociendo algo más de él


          Claro está que no han pasado dos días, pero prefiero vivir esto como si cada momento hubiera ocurrido el día anterior.
            Lo que sucedió esta vez fue que mi hermano me pidió que lo acompañara a una nueva reunión, yo no lo podía creer, le pedí alguna explicación y lo único que conseguí fue saber que Rodrigo había pedido expresamente que yo fuera. Después de esta respuesta y de sentirme en las nubes no quise saber nada más.
            Llegamos al lugar de costumbre y todo ocurrió idem.
            Cuando quedamos solos me invitó a su casa. Quedaba cerca. Entramos y me presentó a su mamá, una señora muy simpática y reservada. Juntos nos sentamos en un sillón, allí Rodrigo apareció con una guitarra y se puso a cantar, así pasamos la mayor parte de la tarde.
            Luego fue a dejarme a mí casa, justo al llegar a la mitad del camino entre su casa y la mía se detuvo, me dijo que sólo hasta ahí podía dejarme, se despidió y se fue.

martes, 29 de mayo de 2012

Día 1: Así nos conocimos

Fui a la reunión. Después de mucho hablar y hablar conseguí convencer a mi hermano de que no debía temer por mí, que era capaz de participar en una reunión manteniendo absoluto silencio...él no perdería protagonismo, esto era lo que más le importaba y le encontraba toda la razón, al fin y al cabo eran sus amigos y yo me estaba inmiscuyendo en su metro cuadrado. 
 Al llegar fui presentada al grupo como "la hermana de" y eso fue todo, luego permanecí sentada al borde de la mesa mientras ellos tomaban decisiones. 
 Cuando dieron por finalizada la primera parte de la junta sirvieron unas bebidas y un picoteo e iniciaron una conversación más distendida. Aquí aproveché de pararme y recorrer aquella casa, que no tenía nada de peculiar, pero el estar tanto rato allí tratando de ser invisible fue algo agotador. 
 Luego de un rato al parecer había vuelto a ser visible, pues en ese instante se acercó a mí un chico. Él se presentó y amablemente se dedicó a charlar conmigo. Me pareció agradable y bastante "potable" (buenmozo). Al rato dieron inicio a la segunda parte de la reunión, la que no duró más de una hora. 
 Nos disponíamos a partir con mi hermano cuando se nos acercó Rodrigo, el muchacho con el que había estado conversando hace un rato y, colocándole una mano en el hombro a mi hermano le dice que yo me iré con él, ya que le he realizado una serie de acotaciones muy interesantes, por lo que desea hablar un poco más y...
 - No te preocupes yo la voy a dejar después a la casa. 
 Mi hermano me miró, hizo un gesto de despedida y se fue. ¡Linda la cosa! pensé en ese instante. Al parecer nuevamente me había vuelto invisible y no sé como lo hice, pues a mí nadie me preguntó nada. 
 Bueno, la verdad es que yo a él nunca le dije cosa alguna es decir, esas "acotaciones interesantes" nunca existieron, pero me pareció tan entretenida la forma de lograr quedarse un rato más conmigo, que guardé silencio, el mismo silencio que me había pedido guardar insistentemente mi hermano. 
 Salimos juntos a la calle y conversamos de todo un poco...simplemente me dejé querer y quizás mañana o pasado o en otra reunión nos volvamos a ver. Sentí que era el inicio de algo, no sé exactamente qué, pero estoy esperando ver lo que sigue.

sábado, 2 de julio de 2011

Madre

Estoy en el aeropuerto esperando que llegue el vuelo 397 procedente de Europa. Según lo que señala la pantalla informativa el avión viene con una hora de retraso, así es que aquí estoy viendo pasar gente de allá para acá, no es muy entretenido, pero no se me ocurrió haber traído un libro para leer un poco u otra cosa.
Si ella, mi madre, estuviera en mi lugar, de seguro todo sería diferente: primero habría traído algo para entretenerse, algo que luego dejaría para instalarse a conversar de la vida con quien estuviese a su lado. Segundo, habría dedicado el tiempo en recorrer cada uno de los negocios que aquí hay, para luego pensar en el que le gustaría trabajar a ella o en inventar una tienda nueva. Tercero, cualquier locura, incluso buscarme un nuevo novio, pues no le gusta el que tengo.
Yo la considero muy alegre, aunque ella dice que sólo es optimista, pues sabe que algún día cambiaré.

domingo, 10 de abril de 2011

Vacaciones


Éstas debían ser unas excelentes vacaciones, pero como mi año escolar estuvo a punto de terminar en tragedia: yo reprobando el sexto grado y expulsado de la escuela. Mi padre decidió hacerme la vida imposible, al igual que se la habían hecho a él durante el año mis profesores (jefe y de asignaturas), inspectores y director del colegio.
Mi buena estrella hizo posible el milagro, por lo que pasé de curso y los profesores decidieron confiar en mí y permitir que me quedara “por algún tiempo” más en el colegio. A mi padre no le bastó con castigarme dejándome sin mis juegos, si no que a la lista agregó un profesor de matemáticas para el día lunes, una profesora de lenguaje para el jueves y un curso de inglés para los martes, miércoles y viernes.
Sólo cuando voy al curso de inglés salgo a la calle y me siento un poco libre, pero esto me ha de durar, creo, hasta hoy o mañana. La Coordinadora llamará a mi padre y se acabará todo.
Ocurre que dentro de las actividades del curso debíamos presentar una obra de teatro, la aprendimos, ensayamos, vimos algunos detalles y la teníamos que presentar hoy. Hasta aquí todo bien ¿cierto?
Bueno para iniciar nuestra obra teníamos que utilizar una vestimenta adecuada. Mi maquillaje ya estaba listo, por ello fui al baño para cambiarme de ropa. Entré y todo estaba bastante silencioso, pero comencé a escuchar un ruidito, unas eses (ssssss) y una respiración o algo así. Sentí algo de temor.
Aguardé en silencio un instante y todo continuó igual. Entonces con mucho sigilo y casi aguantando la respiración me fui acercando hasta el sitio de donde provenían esos extraños sonidos: era de uno de los baños, cuya puerta estaba, aparentemente, cerrada.
Entré al baño contiguo, me subí al retrete y me asomé de una vez. Mi corazón latía a cien por hora, mis manos me sudaban, sentía que mis piernas apenas me podían sostener y por mi garganta no podía pasar ni un poco de saliva.
Cuando me asomé todo fue uno: el grito, la caída abrupta, los golpes en las paredes, los portazos y la Coordinadora con cara de general del ejército.
La verdad es que lo que ocurrió fue una suerte de malos entendidos. Yo entré a cambiarme de ropa, sólo eso, pero ese ruido extraño me obligó a asomarme rápidamente porque me sentí algo raro. Allí me di cuenta que al otro lado estaba uno de los integrantes de mi grupo, de rodillas y mirando al cielo ¡estaba rezando! ¿A quién se le ocurre hacerlo en un baño? Él estaba absorto en esto cuando de pronto me vio aparecer y gritó como un loco, su grito tuvo tal efecto en mí que perdí el equilibrio y resbalé golpeando las paredes del baño. En tanto, mi compañero pateaba la puerta cuyo cerrojo se había trabado en su terrible desesperación, por lo que continuó dando gritos. Cuando al fin pudo salir, en vez de correr despavorido, sólo se quedó alelado mirando a la Coordinadora – quien a raíz del boche llegó en segundos al lugar – luego caminó hacia atrás dos o un paso y se desmayó.
Aún sin restablecerme de mi caída, sentí que la puerta de mi baño se abría y que aquella mujer se abalanzaba sobre mí jalándome de una oreja para sacarme del baño profiriendo un sin fin de amenazas. Ya en su oficina intenté explicarle mil veces lo sucedido, pero ella sólo hablaba y hablaba, paseándose de un lado a otro y alzando sus manos al cielo.
Estando ya en casa, vi llegar a mi papá del trabajo con pizzas y bebidas, aún no sabe nada…pensé. A pesar de ello tengo mis dudas, porque constantemente sentí que me observaba durante la cena. En la noche mientras yo dormía entró en mi cuarto y besó mi frente. Entonces seguí durmiendo y soñando con lo que habría sido la mejor actuación de mi vida, si ya mi vestuario y maquillaje de Satanás habían quedado perfectos…mi despliegue en el escenario habría sido fenomenal.

martes, 15 de marzo de 2011

Los sin vida

Una tarde mientras estaba en la escuela vi al papá de mi compañero de curso, era un hombre un tanto mayor que se paseaba por la sala de entrada llevando sus manos en los bolsillos. Javier, su hijo, era igual a él y sus otros dos hijos, que también asistían a este colegio eran su vivo retrato: alto, delgado y colorín.
Este hombre llegaba cada mañana a dejar a sus retoños al colegio y junto a su esposa, también colorina, los besaban en la frente despidiéndose de cada uno de ellos.
Era costumbre ver a este hombre, en el transcurso del primer recreo, en una banca del patio leyendo el diario o conversando con alguno de sus hijos.
En el segundo recreo, lo podía ver paseándose por el patio sólo o hablando con algún inspector. Más tarde, ya en nuestra hora de almuerzo, se sentaba junto a toda su familia en el mesón más alejado del comedor y allí ellos compartían la comida que compraban en el mismo casino. Ya en la tarde, a la hora de salida, llegaba él y su señora a retirar a sus hijos.
Por mi cabeza se paseaban un sin número de preguntas que yo deseaba responder, entonces comencé a llegar antes que ellos a la escuela, así pude ver que cada día era igual al otro, cada vez el beso en la frente y toda vez ellos juntos.
Al toque del timbre para el recreo salía de los primeros, incluso pedí que me cambiaran de puesto cerca de la puerta y desde allí podía observar el instante preciso en que este hombre hacía su ingreso al patio. Me sentaba en una banca, en el rincón más alejado y veía todo lo que sucedía.
Me llamaba la atención que este hombre pasara tanto tiempo aquí ¿acaso no tenía trabajo? ¿No tenía nada más que hacer? ¿no tenía vida propia? ¿Cómo podía pasar allí metido en el colegio?
En fin, mi interés aumentó de tal manera que no me conformé con las respuestas insulsas de mis otros compañeros:
- ¡Ah! El papá del Javier – dijo uno.
- Sí lo he visto, parece que ayer andaba por el patio – respondió otro.
- ¿El papá del Javi? No sé quien es – dijeron los despistados de siempre.
Por lo que decidí averiguar un poco más sobre este hombre sin vida.
Al colocar su nombre en un buscador de internet supe que era el dueño de una empresa muy famosa cuyo rendimiento anual le dejaba grandes ganancias, según algunas entrevistas que allí aparecían.
En las tardes me sentaba en una plaza que había frente a su casa y lo veía jugar con sus hijos. El fin de semana transcurría en ir a la feria el día sábado en la mañana, la tarde era día de visitas; en tanto, el domingo era misa matutina y andar en bicicleta en la tarde. Todo en familia.
Pasado un tiempo mis amigos se alejaron de mí, pues decían que yo ya no tenía vida propia y que sólo vivía preocupado de esa familia, la familia de los sin vida.

viernes, 17 de diciembre de 2010

El abuelo


(¡Feliz Cumpleaños!)

Iba el abuelo con paso cansino llevando a su Calandria de la mano, al llegar al bar de la esquina entran acercándose a la mesa del rincón.
Allí el anciano sentó a su lado a la niña con nombre de pájaro, ella, una grácil pequeña de no más de cuatro años, de largos rizos dorados, bebía su mamadera mirando jugar al viejo una partida de dominó junto a sus amigos.
Luego, de camino a casa, la pequeña mira con ojos intensos y crespas pestañas a su abuelo, va feliz; lleva un gran tesoro en sus bolsillos.
Al anochecer llegó La Muerte a jugar una partida y ganó el juego. La niña metió sus manos en sus bolsillos y sacó su tesoro, colocó junto al anciano todas las tapas de botella que había recogido en el bar. Le cerró los ojos y besó su frente.

martes, 3 de agosto de 2010

María no más


¡Fue horrible, lo que hice fue horrible! Pero todo fue por su culpa, la culpa fue de ella y, él también la ayudó, yo ya lo sabía.
Él, es mi esposo y Ella, mi mejor amiga. Hoy a cada uno de ellos les coloco antes de nombrarlos el prefijo “ex” y logro sentir algo de alivio.
Ella y yo éramos amigas del tiempo en que las amigas eran de verdad. Cuando conocí a Miguel, mi esposo, ella ya era parte de mi vida.
Todo iba bien y por qué no decirlo, normal, absolutamente normal.
Al tiempo de haberme casado tuve un hijo y por supuesto, ella fue su madrina.
Cuando nos reuníamos en casa y se hacía tarde, ella se quedaba allí o Miguel la iba a dejar. Jamás sospeché nada, pero eso sólo fue al principio. Con el tiempo fui notando cosas, cosas que sólo mi intuición pudo ver, pero todos me decían que estaba en un error.
Fue así como le pedí a María, mi amiga, que me leyera las cartas, una y otra vez, pero siempre él aparecía como inocente y yo una paranoica.
Hablé con mi madre sobre mi sospecha: él me engañaba… lloró desconsoladamente, no podía creer que su hija estuviera viviendo su mismo calvario. Entonces, me dio un dato, la dirección de una bruja, pero ella me acompañaría.
Lo pensé unos días, finalmente decidí que era lo mejor y fuimos.
El día estaba helado y una neblina espesa me impedía ver el camino, por suerte iba con mi madre. Llegamos a un lugar de campo, a las afueras de Santiago, creo. Caminamos por un largo sendero de tierra y entramos a una casa que ya se venía abajo.
Adentro había un corredor largo, oscuro y con puertas a ambos lados, todo era murmullo. Las personas apoyadas en la pared esperaban su turno, en tanto en voz baja relataban a otros sus tristes vidas. Al ingresar a esa especie de sala de espera, sentí un frío que me calaba los huesos, parecía como haber entrado al Cementerio Católico de Santiago. Seguí hasta el fondo donde había un patio absolutamente árido, mientras me dirigía hacia allí, las personas me miraban de pies a cabeza de una forma un tanto extraña y algunos, habían tanto hombres como mujeres, me preguntaban que a quien venía a ver, mi madre señaló que a la señora María y se instaló al costado de una puerta detrás de algunas personas.
Me acerqué al lugar donde estaba mi madre, mientras divisaba lo que ocurría en el interior de aquellas habitaciones. Me impresionó una donde todo era tiniebla y oscuridad. Era un cuarto en el que se veían las vigas del cielo, las paredes tenían al descubierto los ladrillos que la formaban y el piso era de tierra. Junto a una mesa estaba sentada una mujer mayor, con sus ojos cerrados, que fumaba afanosamente un puro cuyo humo lanzaba inmediatamente por la boca hacia una vela encendida que estaba frente a ella. La vela era de color negro y tenía la forma de un pene. La mujer entreabrió sus ojos y los clavó en mí, me fui a toda prisa al lado de mi madre.
Me quedé junto a mi mamá esperando eternamente mi turno, las personas entraban una a una a la habitación hasta que llegó mi turno. Entré con mi madre, yo estaba un poco asustada, pero la mujer que me esperaba adentro era una abuelita muy simpática. Ella me pasó un frasco solicitándome que lo llenara con orina, con mi orina, así es que entré al baño y listo.
Al entregarle el frasco no me lo quiso recibir y con un gesto me señaló que lo dejara sobre la mesa. En ese instante encendió una luz frente a él y comenzó a relatar mi vida entera, finalizando con la confirmación de mis dudas…él me engañaba.
Ya de regreso a mi casa pensé en cada una de las indicaciones que me había dado y en el montón de frascos y yerbas que traía en mi bolso.
Durante el mes que siguió debí encender una vela todos los días martes, todos los viernes realizarme baños con yerbas, luego debía secarlas y quemarlas. Junto a esto, una vez a la semana le llevaba un frasquito con mi orina, el que ella evaluaba y me daba nuevas o las mismas indicaciones. Gasté un dineral.
Por suerte mis plegarias y esfuerzos fueron escuchados y Miguel fue trasladado por su trabajo, yo no lo acompañé ¡qué lata! Irme al fin del mundo sin ni una comodidad. Durante ese tiempo fui feliz, a pesar que lo veía sólo el fin de semana.
Mas como la felicidad tiene su otra cara, debía volver a ella y así es como él regresó y junto a él todos los males.
Las primeras semanas todo marchaba de maravillas, pero poco a poco esto fue cambiando aunque yo haya seguido al pie de la letra las recomendaciones de la señora María. Todo iba de mal en peor, si hasta terminamos durmiendo en cuartos separados.
Lo dejé todo de lado y fui donde otra bruja… ¡también se llamaba María! La situación no fue muy diferente a la anterior y los resultados igual de desastrosos, así lo sentía yo, incluso me pregunté ¿por qué todas se llamaban así?...tonteras mías.
Mi esposo nuevamente fue trasladado, en esta ocasión fuera del país y por insistencia de María, mi amiga, esta vez viajé con él, pero antes hicimos una gran fiesta, la que grabamos para llevarnos un lindo recuerdo.
Llevábamos un tiempo fuera del país y comencé a extrañar a mis padres y amigos, entonces busqué el video de la fiesta de despedida, comencé a verlo un día, luego dos y así sucesivamente, al punto que ya me sabía los diálogos de buenos deseos de memoria. Miguel comentaba que me notaba un poco rara, por lo que decidió llevarme al médico…estaba embarazada.
Este periodo no fue diferente a lo que ya había vivido hasta ahora, sólo me agobiaba un recuerdo, resonaban en mi cabeza las palabras que mi amiga había dedicado para nosotros en el video. Allí decía sentirse feliz de que viajaran tres y volvieran cuatro…ella se llamaba María, leía las cartas, era una bruja.
Pasaron dos años antes de volver a mi país, donde me reencontré con mi familia y amigos. Mi amiga estaba un poco distante y nunca más quiso leerme las cartas, insistiendo siempre en que todo era idea mía. En el fondo sabía que no podía estar eternamente mintiéndome.
Ya estábamos nuevamente instalados, nuestras vidas seguían como siempre. Mi madre vino a visitarnos, claro que ella sabía que me encontraría sola; entonces comenzó a relatarme algo increíble.
Ella paseaba por la Plaza de Armas cuando decidió sentarse en una de las bancas del lugar, estaba muy preocupada por mí y sentía que me debía ayudar, entonces se le acercó un hombre con quien se puso a conversar.
- Ese hombre sabía todo de ti hija mía, cuando le mostré unas fotos te reconoció de inmediato. Debes ir a verlo porque él te puede ayudar.
Pensé en ello y todas mis dudas afloraron nuevamente. No estaba de más el intentarlo, después de todo no se llamaba María como todas las otras brujas que había conocido hasta ahora.
Fui sola al lugar, luego de un rato este hombre se me acercó pidiéndome que guardara silencio, pues él reconocía mi dolor. Después de un instante más de silencio, me solicitó que lo acompañara. Caminamos algunas cuadras hasta llegar a una especie de cité, entramos e ingresamos a uno de los cuartos donde me pidió que me sentara, que le pasara las fotos y el dinero que llevaba en mi cartera. Todo era increíble, mi mamá esta vez no se había equivocado.
Miró muy concentrado cada fotografía, hasta que se detuvo en una. Comenzó a temblar y palideció sin dejar de mirarla, dijo algunas palabras, nada que yo pudiera entender. Entonces giró su rostro hacia mí y con sus ojos en blanco me señaló que había magia negra en combinación con magia roja, eso era no sólo para separarnos, sino que también para que yo muriera.
Este hombre era mi salvación, por fin me vería liberada de cualquier maleficio, pues él, a pesar del peligro que corría también su vida, me ayudaría. Entonces me preparó un agua de yerbas, mientras la bebía preparó un cigarro también con yerbas y lo fumamos. Me sentí un tanto mareada, pero él me ayudó llevándome hacia una cama que no había visto cuando entré allí. Me señaló que la magia negra había sido vencida, por eso me sentía así y que ahora debíamos derrotar a la magia roja; para ello comenzó a danzar a mi alrededor estirando sus brazos y tocando mi cuerpo con sus manos. Luego me quitó la ropa y tuvimos relaciones.
Desperté, estaba todo oscuro, busqué mi ropa y mis cosas. El hombre que salvó mi vida ya no estaba. Sólo perduraba en el aire el olor a yerbas.
Cuando llegué a casa me sentía feliz y me fui a la cama con esa grata sensación. Como a las cuatro de la madrugada desperté con una angustia atroz y lo único que lograba hacer era llorar.
Un poco más calmada, tomé el teléfono para hablar con María, al oír su voz del otro lado rompí a llorar otra vez pidiéndole perdón por lo que había hecho. Por su parte, como ella no entendía nada, sólo me preguntaba por los niños, que donde estaban, que si estaban bien, que si les había hecho algo y que sé yo. Ella sólo se preocupaba por ellos. Luego me pidió que me hiciera un agua con azúcar y le contara lo que estaba ocurriendo… y así lo hice.
Cuando terminé la historia, me señaló que me realizara un test de embarazo, el del SIDA y que fuera a ver a un psicólogo, después colgó y no supe más de ella.
A la semana, ya no daba más y conversé con Miguel. Él me gritó, me zarandeó, tomó a los niños y se fue a la casa de su mamá.
Decidí cambiarme de casa, vivo en un departamento en otro barrio. Nunca me atreví a ir nuevamente donde ese hombre, ni siquiera a buscar las fotografías, a pesar de que en una de ellas estaba la persona que me había hecho tanto daño.
Yo sé que la culpa de todo la tienen ellos, ellos me empujaron a hacer lo que hice. Él siempre tuvo otra, no sé cómo explicarlo, sólo sé decir que mi intuición así me lo señala. Y ella, siempre sensata, María, mi ex - amiga, lo sabía todo, de hecho lo encubría. Quizás, ahora estén juntos burlándose de mí, como los odio. Aborrezco a María, todas las brujas llamadas como ella me confirmaron que él me engañaba, menos ella.
Desde que llegué a este nuevo lugar, tengo una muy buena vecina que me escucha y me aconseja. Ella me asegura que no estaré sola por mucho tiempo, que todo pasará… Hoy supe que ella se llama María.

domingo, 30 de mayo de 2010

¿Amiga?…la antiamiga

A lo largo de tu vida vas conociendo a una serie de personas. Gente que entra y sale de tu vida así sin más y otros que permanecen en ella por los siglos de los siglos. Todo fluye, todo se vive; aprendes de ellos o mejor dicho de las experiencias que vas teniendo junto a ellos.
Dentro de este mundo de relaciones hay unos seres a los que yo denomino “la antiamiga”, da lo mismo el sexo, porque en tu camino encontrarás hombres y mujeres que entran en esta categoría, el género es lo de menos. Pero lo que hacen con tu vida o, mejor dicho, lo que tú permites que te hagan, eso sí que es importante.
En tanto, yo la clasifico dentro del sexo femenino, porque era de ese sector el espécimen que pasó por mi vida.
Todo ocurrió lentamente, llevábamos años de conocernos, teníamos amigas en común y éramos asiduas visitantes de nuestros hogares. Por diversas razones dejamos de vernos por algunos años. Luego sucedió lo típico, alguna que se encontraba aburrida con su vida decide ubicar y reunir a sus excompañeros de algo… y así fue como volvimos a saber de nosotras, el tiempo no puede disolver una amistad como aquella.
Volvimos a reunirnos cada cierto tiempo en nuestras casas, ahora con hijos y maridos incluidos, éramos el grupo de siempre, ese con el que haces desorden en el colegio, ese con el que haces las tareas en la universidad, ese con el que te juntas en la hora de colación en tu trabajo.
Todo iba bien, hasta que comienzas a notar ciertos detalles que llaman tu atención: cada vez que acuerdas una reunión, la antiamiga tiene algún problema: que con quien dejo al niño, que mi marido no quiere que vaya, que no me dejó plata para salir, etc., etc., etc.
Siempre lo mismo, al final igual llega, ese era sólo el preámbulo, pero una vez que está ahí no escatima en comentarios y actitudes para hacer notar que está nerviosa y preocupada. Debido a ello tú te acercas para saber por qué no está disfrutando de la velada… error. De ahí en adelante te enteras de todo lo mal que lo está pasando, y no porque sus amigas sean aburridas, es que su esposo la engaña, su suegra la odia, tiene cero posibilidad de contar con la ayuda de su madre, pues ésta es otra que vive una situación parecida y bla, bla, bla.
El tiempo transcurre y te das cuenta que ya muchas no le prestan atención, entonces arremete con otra noticia, tan terrible y abrumadora… él la golpea.
La violencia de aquella noticia provoca que sus amigas más cercanas estemos atentas, la visitamos y la llamamos constantemente, todo para que a la primera señal de maltrato la denuncia sea interpuesta. Finalmente sólo detectas que él es bastante inmaduro y que ambos se tratan mal verbalmente. Igual sabes que hay un momento en que ellos estarán solos y que tú nada podrás hacer. Entonces aparecen otras ideas para poder ayudar, los consejos en pro de la salud mental de tu antiamiga. Le hablas de la posibilidad de independizarse, buscar un empleo, ir al psicólogo y finalmente separarse si tan mal lo está pasando.
Luego se cierne sobre el grupo otro balde de agua fría… tu antiamiga tiene cáncer. Se reúne el grupo, pero sin ella, con la seriedad que se trata un tema de estado hablamos de la situación, una de nosotras llora a moco tendido preguntándose por el destino del hijo, un pequeño de cuatro años, exquisito y de ojos vivaces. Otras tratamos de mantener la calma y analizar los posibles escenarios.
Finalmente decidimos proponerle el visitar a otro médico y… ella aceptó.
La encargada de dicha empresa fui yo. Entonces visitamos a un médico que merecía mi confianza, uno que no te ofrece cuchillo de buenas a primera, uno que además de tratar los síntomas busca la causa de ellos y uno que dará respuesta a tus dudas.
Llegamos a la consulta, le pedí que llevara todos los exámenes que le habían realizado, mis manos sudaban frío y sentía un terrible vacío en el estómago.
Cuando por fin la llamaron, entramos a una sala bastante pequeña, tibia, con apenas una ventana y bastante acogedora. El médico nos invitó a tomar asiento y que le relatáramos el motivo de nuestra visita. Allí ella inició su discurso, del mismo modo y con las mismas palabras que nos había dicho a nosotras, luego le entregó los exámenes. El médico los revisó uno a uno sin decir nada, mi estómago cada vez se apretaba más, en tanto mi mente me pedía que mantuviera la calma.
- Dentro de lo que me acabas de decir, señalaste que tenías crisis de pánico
- Sí y es terrible, me dieron unas pastillas… - alcanzó a decir antes de ser interrumpida por el doctor
- ¿Es decir que aún lo padeces? – y sin esperar respuesta - ¡imposible! a una persona con crisis de pánico no se le podría realizar un scanner y a ti te lo hicieron. Tú has viajado, para subirte a un avión debiste hacerlo dopada y no estarías encerrada aquí hablando conmigo en esta minúscula habitación, ya te habrías tirado por aquella ventana, sin importar el piso en el que estamos.
La miré y le sonreí, yo estaba feliz de saber que las crisis de pánico eran sólo un mal diagnóstico.
El doc tomó un lápiz y papel de su escritorio, comenzó a hacer un dibujo, una vez que lo terminó nos miró a ambas, luego mantuvo fija su mirada en mi antiamiga y dio inicio a una breve y sencilla explicación.
- La hipófisis está funcionando mal, esto se podría deber a una gama de situaciones y dentro de éstas el cáncer ¿esto es lo que te explicaron?
- Sí – contestó muy rápida y segura
- Bueno, el cáncer en tu caso es una posibilidad bastante remota por no decir inexistente de acuerdo a estos exámenes. Te recomiendo que sigas con tu médico y te realices el tratamiento que él indique.
Salimos de la consulta, mi estómago seguía igual, pero para mi antiamiga yo sonreía feliz y la felicitaba por tan buenas noticias. Después cada una regresó a su hogar.
Ya en mi casa mi angustia se mantenía en espera del grupo, ellas llegarían en un instante y realizaríamos otra reunión de estado. Todas llegaron a la hora señalada y les relaté lo sucedido con la frase final NUNCA TUVO CÁNCER.
- ¿Recuerdan lo que les dije la otra vez?- dijo Leticia, una de las miembros del grupo.
Todas lo recordábamos muy bien, tiempo atrás nos habíamos reunido en mi casa. Habíamos llegado todas, menos ella, faltaba nuestra antiamiga; en eso sonó el teléfono, era ella. Me pedía que llamara a su mamá y la convenciera de cuidar al bebé para que ella pudiera venir… no fue necesario, pues a los minutos llamó la mamá pidiéndome lo contrario, es decir, que la convenciera, a su hija, de no venir para evitarse problemas con el esposo. Yo sólo las escuché y les conté a las demás lo que estaba ocurriendo. Leticia nos miró y nos increpó a todas con un “¿hasta cuándo aguantamos esto? Para mí ya es suficiente, siempre que nos reunimos ella, venga o no, se convierte en el centro de toda la atención o mejor dicho, el centro de toda nuestra preocupación. Al final nos jode todo. No sé ustedes, pero creo que yo lo estaría pasando mejor en mi casa”. Tomó sus cosas y se fue.
Ya de regreso al cáncer, crisis de pánico y violencia intrafamiliar, muchas coincidimos en que en el fondo ella era feliz con esa vida y que cada una debía preocuparse que esto no la afectara, por lo mismo de ahora en adelante el que viniera o no a las reuniones, entre otras cosas, sería problema de ella.
Pasó un largo tiempo y todo iba de maravillas, cuando comenzaba con sus quejas, algunas se alejaban, otras la ignoraban y otras hacían como que la escuchaban moviendo la cabeza cada cierto rato o realizando un gesto expresivo con su rostro.
Yo me fui alejando, no del todo, me preocupaba su hijo, pobre pequeño qué culpa tenía. Evitaba llamarla y rara vez iba a su casa, sólo nos veíamos en las reuniones, a las que poco a poco dejé de asistir.
Finalmente me alejé no sólo de ella, sino que de todas mis amigas, pero igual me mantenía angustiada, por lo mismo decidí realizar un viaje fuera de Santiago, debía ser lo suficientemente lejos para poder descansar. Tomé un mapa de mi país y le lancé un dardo cuya punta fue a dar directo a Chiloé, lugar que cumplía absolutamente con lo que yo deseaba…estar muy lejos.
Al día siguiente estaba en la estación de trenes dispuesta a encontrar pasajes y, así fue, encontré boletos. Subí, me instalé en mi asiento e inicié mi viaje hacia el olvido y la sanación.
Al regresar, algo en mí había cambiado, yo era otra, mi estómago ya no me dolía, aprendí la lección…creo. A ella le gustaba llamar la atención, bien. A mí me dañaba la forma en que lo hacía, pues bien también y aléjate. Porque si te estás quemando lo primero que haces es alejarte de la fuente de calor, no te quedas ahí esperando a que el fuego te consuma. Junto con eso, aprendes a no generalizar, es decir, hay momentos en que el fuego te ayudará y momentos en que éste te hará daño. La amistad no tiene que ser así, no te debe lastimar.

martes, 4 de mayo de 2010

Siempre digna


Mi muchacho era un tipo regio y estupendo, cuando recorría junto a él las calles de mi población las mujeres se daban vuelta a mirarlo y de pasadita me lanzaban una miradita de odio.
Él era alto, bastante alto para mí, que siempre he sido baja y flacuchenta. Sus dientes era perfectos y su sonrisa genial.
Mantuvimos una amistad un tanto falsa, ya que yo sólo quería que él se fijara en mi, pero no pasaba nada, para él yo simplemente era una buena amiga. Pero, como muy bien dicen por ahí: “a nadie le falta Dios”, las cosas fueron cambiando y cada día notaba que su conducta era más y más especial hacia mí. Bueno, pero como “no todo lo que brilla es oro”, un día iba caminando hacia su casa y lo divisé en la esquina con una niña de largo cabello rubio, tuve unas ganas locas de regresar, mas continué mi camino siempre digna. Los vi despedirse teniendo casi la certeza que se dieron un beso en la boca.
Pasamos toda la tarde juntos conversando, tocando guitarra y cantando, él solía dedicarme canciones. Todo esto sucedió por meses, él me cantaba y yo lo escuchaba; recorríamos el barrio caminando, tomados de la mano, cuando me iba a dejar a la casa me acompañaba a lo largo de tres cuadras y luego yo debía hacer lo mismo…era todo un ritual.
Todo siempre fue así, bastante platónico e infantil, hasta que un día una de mis tías tuvo la brillante idea de enviar a su hija a mi casa para que yo le enseñara matemáticas, entre otros ramos.
¿Cuento corto? Cuando mi prima lo conoció quedó inmediatamente prendada de él y él de ella, tuvieron una diminuta relación de no más de un día, lo suficiente como para que yo me diera cuenta que para él yo sólo era una muy buena amiga y mi prima, como tantas otras, la rubia de sus sueños.
Me sentí como una idiota, pero siempre digna traté que de alguna manera a mi prima le entrara en la cabeza toda la materia que debía aprender. Odié el ser buena alumna y profesora.
Me alejé casi absolutamente de él, nunca tan tonta como para “tropezar con la misma piedra”. Y digo que casi me alejé absolutamente, porque él era amigo de mi hermano, por lo tanto de vez en cuando se aparecía por mi casa, claro que siempre afuera, nunca entraba, le daba vergüenza.
Un día, un día cualquiera, un día de aquellos en que crees que nada saldrá bien o mal, en que cualquier cosa te toma de sorpresa y no tienes ni la menor idea de cómo vas a reaccionar, ese día que puede ser este u otro, estábamos mi familia y amigos reunidos, cuando escuchamos que alguien llamaba a la puerta, salí a atender aquel llamado y ¡oh! sorpresa, frente a mí estaba una rubia despampanante, quien me miraba con una grácil sonrisa. En tanto yo, que no tenía idea quien era, miré a través de ella y a su alrededor y ahí estaba él, apoyado en la reja de mi casa observándome atentamente. Me dirigió una sonrisa burlona y preguntó por mi hermano. Mientras, por mi mente las palabras, pensamientos, odios e ideas malévolas se agolpaban dispuestas a salir para cobrar venganza, pero yo siempre digna, tomé aire, le dirigí a ella una gran sonrisa, una de aquellas muy amistosas y la invité a pasar. En ese instante él quedó “paralelo” (como dice Papelucho) y rojo como un tomate… tuvo que entrar, pues su dulce rubia había aceptado mi invitación.
En fin, una vez que ingresó a mi casa no estuvo ni un segundo “bajo el columpio”, es decir tuvo que soportar en silencio todas mis bromas. La rubia despampanante sólo era eso, rubia; y esa noche él supo quién era yo: una mujer de estatura baja, bastante delgada, de pelo castaño, pero muy inteligente y lo más importante…siempre digna.
Al terminar la velada, una vez que todos se fueron y mi familia se fue a dormir; con mi mejor amiga celebramos y reímos a carcajadas mi simpática venganza, con todas las bromas que el pobre tuvo que soportar.
Esto no terminó ahí, a pesar de yo haber dado vuelta la página, él continuó yendo a la casa y no a visitar a mi hermano, sino a verme a mí. Pero a mí él ya no me interesaba en absoluto, pasé del amor al desencanto con tal rapidez que ya ni recuerdo cuáles eran las canciones que me cantaba, ya no sé como llegar a su casa, ni recuerdo cual era su nombre, sólo sé que yo, siempre digna, lo llamaba “mi muchacho”. Creo que él nunca notó que, luego de un traspié una debe pararse, limpiar su ropa y seguir caminando y eso es lo que yo hice.

martes, 24 de noviembre de 2009

Fiesta

Tenía prohíbido salir y no porque estuviera castigada, sino simplemente porque mis padres no me daban permiso para salir y si llegaba a hacerlo, era dentro de un horario bien específico: durante el día y antes que se pusiera el sol.
Aún no sé cómo fue que conseguí que me dejaran ir a quedar a dormir a la casa de mi amiga Mónica.
Por supuesto con ella ya lo teníamos todo planeado, estaríamos un rato en su casa y luego, más tarde, iríamos a la fiesta que había organizado el séptimo B, nuestro curso enemigo, pues nosotras éramos del séptimo A. Claro está que debido a esa rivalidad, que no sabíamos de dónde provenía, nosotras no estábamos invitadas, pero era la única fiesta de la cual teníamos conocimiento y, como lo más probable era que de aquí a un buen tiempo más, por lo menos un año, yo no volvería a tener permiso, ni para salir a la esquina, debíamos aprovechar este momento.
En casa de mi amiga nos cambiamos ropa, nos maquillamos, éramos otras. Al caer la noche, cuando sabíamos que la fiesta ya había comenzado y debía estar en su máximo esplendor, nos dirigimos hacía allí absolutamente decididas, yo ni siquiera sentí temor a que mis padres se enteraran, de ser así, en ese instante me daba lo mismo.
Llegamos a la casa de Claudia, ella era la anfitriona y al parecer esta fiesta era para festejar su cumpleaños. La saludamos y entramos, habíamos sorteado la primera dificultad. Ya adentro, nos dimos cuenta que más que fiesta parecía velorio. Todos estaban en grupos,conversaban y comían, pero nadie bailaba ¡qué lata! ¿y para esto le mentí a mis padres? con Mónica nos miramos concordando en que definitivamente este curso era bastante aburrido, quizás por eso les caíamos mal.
Nos acercamos a un grupo de chicos que conocíamos, la música estaba genial y mis pies se me iban...yo no había venido a conversar, para eso tenía permiso y lo podía hacer en cualquier momento. Entonces, como ambas no teníamos problemas de timidez, les pedimos que aprovecháramos la música y bailáramos...¡y empezó la fiesta!
La verdad es que sólo empezó para nosotras y otros tantos, pues no todos salieron a bailar, pero nosotras estábamos felices y no paramos de bailar por largo rato...¡esto es vida!...pensaba.
La pista de baile era nuestra, cuando de pronto, la música se detuvo, había un círculo de personas a nuestro alrededor, las luces chispeantes se apagaron encendiéndose la luz principal. Parecía que teníamos un foco frente a nuestros rostros.
Entre la gente apareció Claudia, su rostro contrariado, sus ojos derramando lágrimas como dibujo animado japonés. Nos miró fijamente, estiró su brazo y con su dedo índice señaló la puerta diciendo "salgan de aquí".
Nos encogimos de hombros y salimos, pero junto a nosotras salieron la mayoría de los varones que estaban en la fiesta. Los murmullos pasaron de inmediato a quejas y rezongos...nosotras continuamos el camino hacia la salida.
Cuando habíamos caminado unas cuadras y estábamos cerca de la casa de Mónica, miramos a nuestros acompañantes y les pedimos que regresaran a la fiesta, agradeciendo, obviamente, el que nos hayan ido a dejar.
Nosotras no le teníamos mala a las niñas del otro curso y, después de todo, lo habíamos pasado fantástico, fue una gran fiesta...¡mi primera fiesta, ja,ja,ja!

martes, 17 de noviembre de 2009

Celular

Sentadas en el primer asiento del autobus íbamos mi amiga y yo. "Chalaliabamos" felices, riendo de las últimas locuras que habíamos hecho. Digo "chalaliabamos", porque eso es lo que hacíamos, esto era mucho más que conversar, era mucho más que reír y recordar.
Estábamos felices, en eso, se sube a la micro un joven, quien guitarra en mano, se pone a cantar. Al terminar su primera interpretación comienza a sonar un celular.
- Perdón, continúo enseguida - dice un tanto afligido el muchacho. Entonces mete su mano en la chaqueta, saca el dichoso aparato y comienza a hablar.
Todos los pasajeros se pusieron a reír y estaban pendientes de su conversación... nosotras también.
- Aló, sí, sí...ya...ya, pero me acabo de subir, sí, la micro... te llamo después, estoy trabajando.
Termina así su llamada, nos mira a todos y nos dice:
- Era mi mamá...ahora les voy a cantar...
Todos nos volvimos a reír y luego de su segunda canción pidió "una ayuda". Cada pasajero le dio una moneda, no sé si por su canto o por lo anecdótico de su llamada.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Sucesos

Parte l

Cursaba el último semestre de mi carrera de Pedagogía en Inglés cuando fui expulsada del hogar. Mi padre gritó que no quería verme más. Era un hombre gordo, alto, de enormes pies, que cubría casi todo el umbral, ocultando a mi madre y a la empleada, que lloraban a moco tendido en el hall.
Por primera vez percibí aspectos de la avenida en que vivíamos, de los que jamás me había percatado. Hasta la forma del poste de la luz me pareció diferente. A un gigantesco limonero del jardín del vecino no lo había visto nunca. Caminé con las manos en los bolsillos, el rostro algo encendido, mirando esa calle de tantos años donde descubrí un grifo, el tronco acromegálico de un aromo, detalles algunos que jamás había notado y otros que adquirían dimensiones diferentes.
¿Qué podía hacer con mil pesos en el bolsillo?
Continué caminando sin expectativa alguna, pensando que mi vida de ahora en adelante seguiría así o que siempre había sido así y yo jamás me había dado cuenta. Definitivamente el optimismo, mi principal característica, se había quedado en casa junto a todo lo demás.
Iba sumida en estos lastimeros pensamientos, ignorando que existen cosas peores. De pronto llegué a una plaza que jamás había visto, pero bueno, ya se habrán dado cuenta que mi capacidad de observación no es una de las mejores, en fin, ahí estaba y todo me parecía extraño o porqué no decirlo, un tanto misterioso.
En el lugar habían grandes y frondosos árboles que coexistían con una infinidad de animales, esto definitivamente no era una plaza, mi confusión se debió a que al principio una neblina muy espesa lo cubría todo; miré a mí alrededor, sin embargo no veía nada hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y mi mente se negaba a creer lo que ocurría…
¡Un círculo! Sí un círculo, no obstante no era cualquier círculo, éste estaba formado por un grupo de animales que discutían acaloradamente.

- ¡No y no, no estoy de acuerdo! – gritaba una ardilla.
-Entonces qué haremos con ella – preguntó un ratón refiriéndose a una sombra que estaba junto a ellos.

Esto sí que no lo podía creer, tanto estudiar para comprender otro idioma y ocurre que ahora en fracción de segundos podía entender a los animales, y eso no era todo…

- Hagámosla desaparecer como a los otros humanos y listo – esto lo dijo un lindo canarito.
- ¡Un momento! – exclamé y aquí vino lo peor.

Estoy segura que no lo creerán, ocurre que además de entender lo que decían podía hablar con ellos, por ende traté de convencerlos, porque a esa altura tenía claro que estaban hablando de aquella sombra. Mientras estaba en eso, me di cuenta que no eran animales de carne y hueso en realidad, tampoco tridimensionales, ni nada parecido; eran planos y delgados, eran de papel.
Me contaron algunos de los problemas que habían tenido con los humanos que en un momento determinado cruzaron hasta esta dimensión al igual que esa sombra; unos los rallaron, otros los quemaron, otros, “los peores” como los llamaban, cortaban trozos para coleccionarlos.
Mientras escuchaba, me dediqué a observar detenidamente el lugar, la verdad era que no me resultaba tan extraño como en un principio, de hecho hasta me era familiar. Seguí abstraída en estas cavilaciones, hasta que por fin di en el clavo.

- ¡Ustedes son un aviso, un comercial! Sí el spot que veo cada mañana al pasar en el autobús

Todos me miraron, no entendían mi entusiasmo, tampoco yo, después de todo no sabía cómo había entrado esa persona allí, ni cómo podría salir, así es que puse mayor atención para poder ayudarlos, típico de las historias que una lee, el que ayuda a los demás recibe a cambio alguna recompensa y que mejor que sacar a esa persona de allí.
El asunto era muy simple y sencillo: la sombra era uno de “los peores” tiempo atrás recortó una parte esencial y si no la recuperaban a tiempo desaparecerían todos para siempre, aquella parte era un diálogo en inglés, saqué de mi bolsillo un lápiz y lo escribí. No bien había cumplido mi misión, les pedí que la dejaran ir con una gran sonrisa en mi rostro, por el contrario, ellos estaban furiosos y gritaban que se había cumplido la profecía. En ese mismo instante el canario encendió un fósforo, por lo que logré ver el rostro de aquella sombra, era mi padre; el canario dejó caer el fósforo y las llamas no se dejaron esperar consumiéndolo todo.
Fue espantoso, horrorizada corrí a mi casa, pero ésta estaba toda abrazada en llamas, grité, lloré, sin embargo ya no se podía hacer nada, absolutamente nada.
Mientras bomberos y toda clase de gentes corrían de un lado a otro, llegó la prensa, un periodista se me acercó y me preguntó por lo sucedido, le relaté mi historia y por supuesto no me creyó. Desde ese preciso instante es que me encuentro escribiendo historias para una revista y… el billete de mil pesos es parte de otro cuento.

domingo, 9 de agosto de 2009

La vida te da sorpresas

Hay historias e historias, ésta me la relató un amigo, uno que no veía hace muchos años y lo encontré en un lugar cualquiera de esta ciudad.
Caminaba distraídamente por el centro de la librería Manantial buscando un libro para regalar, se me acerca alguien preguntándome por la ubicación de unos libros. Nos miramos reconociéndonos inmediatamente y fuimos a un café cercano para conversar sobre el último tiempo en que no nos habíamos visto.
Mi vida se mantenía casi igual y la de él también, sólo un hecho la cambió…en parte para siempre.
Ocurre que fue un día a visitar a un amigo, previa invitación, de nombre Juan, a quien hace tiempo no veía, llegó a su casa compartiendo un rato con la familia de éste, luego se arreglaron para salir. Una vez listos se dirigieron a un boliche cercano, recordaron anécdotas al calor de unas cuantas cervezas. Después cada uno regresó a su hogar con la firme promesa de repetir aquel encuentro.
Como los buenos amigos que siempre habían sido, no dudó en regresar de sorpresa a la casa de Juan, pero éste no se encontraba allí. Entonces fue al mismo boliche de la otra vez, tomó algunas cervezas, más de la cuenta, con la idea que a lo mejor Juan aparecería. Pasaron las horas y salió zigzagueando del local.
A la vuelta de la esquina había un grupo, unos tipos de no muy buen aspecto, estos lo empezaron a seguir, mi amigo comenzó a caminar un poco más rápido y cada vez más rápido hasta correr, dentro de lo que su curadera se lo permitía, pero le fue imposible escapar.
Lo atraparon, lo acorralaron y dentro de su borrachera se dio cuenta que todos tenían algo raro, algo diferente, cejas depiladas, pelo largo, uñas postizas, barbas rasuradas casi sin contar con pelo alguno, eran hombres vestidos de mujer. Travestis, homosexuales, gays o algo así. El punto es que comenzaron a acosarlo, a quitarle la ropa y no con la intención de robársela.
Comenzó a sentirse perdido, un terror se apoderó de él, gritaba, sollozaba y todo parecía no servir de nada. Su corazón palpitaba a mil por hora, su cuerpo temblaba de manera incontrolable y no era por la desnudez ni el frío.
Cuando sintió que ya nada podía hacer, escuchó unos golpes, unos gritos, logró zafarse de sus captores y arreglarse su ropa. Mientras estaba en eso, ya absolutamente lúcido pudo ver a “gatúbela” dando combos y patadas al más puro estilo Matrix, ella lo miró y gritó su nombre instándolo a huir… ¡era Juan!
Definitivamente ya no quedaba ni una gota de alcohol en su cuerpo, era su amigo, ahora amiga quien lo estaba defendiendo, era él – ella quien le estaba sacando la cresta a todos esos maricones y él no “la” dejaría “solo”, por lo que se lanzó a dar golpes de puños y pies a cuanto gil que se movía. Juntos como en los tiempos del colegio, cuando participaban en cuanta “mocha” había y por lo visto ésta no sería la excepción.
Le sacaron “la mugre” a casi todos, bastó un gesto de “gatúbela” para entender que “soldado que huye sirve para otra guerra”, se lanzaron a la calle a todo correr hasta llegar a la casa de Juan. Una vez allí, entraron preocupándose de dejar bien cerradas todas las puertas y ventanas, todo bien asegurado.
Luego en la pieza de Juan, mi amigo lloró amargamente liberando la angustia y horror que acababa de vivir. Pasó la noche allí, no se habría atrevido a salir nuevamente a aquella selva.
Juan cambió su vestimenta y volvió a ser el de antes, pero ya no sería lo mismo, nunca más, por lo menos no a los ojos de mi amigo. Conversaron sobre este cambio, sobre el nuevo rumbo que había tomado su vida. Mi amigo trató de entender algo que no podía comprender. Aún así comprendieron que su amistad era tan importante que podía sobrepasar esta dificultad o diferencia.
En tanto mi amigo no se cansó de agradecer a Juan el valor demostrado esa noche. Una vez más aliviado, ambos recordaron los pleitos en los que comúnmente se involucraban, rieron hasta quedarse dormidos.
Al día siguiente mi amigo regresó a su casa con la promesa, nuevamente, de volver claro que esta vez teniendo la convicción de que sólo lo haría previa invitación.

sábado, 4 de julio de 2009

Ángel

Estábamos en el departamento de mi abuela como cualquier otro fin de semana. Mi hija estaba afuera y jugaba tranquilamente en el pasillo del edificio. De pronto, giro para observarla mejor y la veo subirse a la baranda del balcón y lanzarse como quien se lanza a una piscina, todo en fracción de segundos.
Yo, sin poder detenerla, corrí escaleras abajo teniendo claro que allá me esperaba lo peor. Seguí corriendo por aquellos peldaños fatigosos e interminables, sintiendo a cada paso un dolor cada vez más intenso en mi pecho.
Al llegar a los pies de las escaleras me di cuenta que mi hija no estaba sola, ni siquiera estaba en el suelo, sino que era sostenida por unos brazos firmes y delicados, todo a su alrededor era luz y calor; sentí una paz y una alegría que no puedo describir.
Me acerqué a ellos lentamente como temiendo interrumpir algo, un diálogo tan maravilloso que sólo a esa edad se puede tener. Él me miró estirando sus brazos para entregarme a mi hija, en tanto yo, sin ser capaz de pronunciar palabras, la recibía con una gran sonrisa y lágrimas en los ojos. La abracé larga y profundamente mientras él desaparecía…
Desperté de un salto y miré hacia la cama de mi hija, ahí estaba ella durmiendo plácidamente, apoyé mi cabeza en la almohada y recordé aquel extraño sueño, casi pesadilla, que había tenido recién; di algunas vueltas en mi cama y decidí seguir durmiendo, volví a mirarla, pero esta vez tampoco estaba sola, aquella luz estaba nuevamente a su lado.

(Registro de propiedad intelectual n°177787)

jueves, 7 de mayo de 2009

No dije nada

Hace algún tiempo atrás resulté ser la Yolanda Sultana para mis amigas. Cualquier vidente era una alpargata al lado mío y todo por una seguidilla de comentarios asertivos y bien intencionados que brotaban de mis labios frente a cualquier situación. Era casi como quedar en estado alucinatorio y decir todo lo que venía a mi mente, así, sin pensar nada, sin meditar en absoluto aquellas frases.
Mientras salían de mis labios palabras simples y rápidas, el rostro de mis amigas lo decía todo, algunos desencajados, otros fascinados, pero todos luego del trago amargo o dulce siempre agradecidos.
Todo terminó la ocasión en que Mili tuvo la mala idea de llevar a mi casa a cada nueva adquisición, esperando durante cada visita alguno de mis comentarios. El problema es que los tipos eran un chiste, alguno más agradable que otro, pero un chiste.
Lo más curioso es que a todos yo, de una u otra forma, los conocía o ellos me conocían de antes. Este detalle despertó la molestia de Mili, quien al momento de darse cuenta que los tipos me ubicaban de alguna forma, decidía de inmediato ponerle término a la relación.
El primero fue Alex, ella le mostró mi casa señalándole que allí vivía una amiga, él me nombró de inmediato y mientras pronunciaba mi nombre hubo un brillo en sus ojos que molestó bastante a la joven. Luego que cada uno regresó a su hogar, Mili salió derechito a mi casa, al verme dio inicio a un largo interrogatorio sobre un tal Alexi: que él decía conocerme, que nuestras madres eran amigas, que yo siempre iba a su casa y…en fin ya llevábamos más de media hora en preguntas y preguntas, pero yo seguía sin saber de quien me hablaba, hasta que le pregunté donde vivía este tipo y ahí por fin supe de quien se trataba, confirmando lo planteado por él.
Fue lo peor, no debí hacerlo, pero mi bocota me jugó una mala pasada. Al día siguiente tenía frente a mi puerta a Mili y Alex, casi una pareja feliz, sólo que ella durante toda la visita se dedicó a mirarnos, cualquier gesto o detalle le resultaba una gran verdad, su verdad.
En tanto para él y para mí sólo fue un grato reencuentro luego de varios años de ausencias, recordamos algunas historias y reímos a carcajadas. Fue una tarde agradable como las de antes.
Al tiempo después Mili fue a mi casa, conversamos de diversos temas hasta que apareció él en este diálogo y nada, me dijo que habían terminado, que ella había decidido que era lo mejor, que se dio cuenta que esto debía ser así cuando me escuchó nombrarlo. Casi me caí de poto al oír este comentario y ella se fue a su casa.
Durante semanas recorrió mi mente este comentario hasta que caí en la cuenta. El punto no era el modo en que yo lo nombré, es decir no aparecieron en mis ojos corazones ni nada de eso, no hubo en mí nada que le indicara a ella que yo le quisiera quitar a su mino. Sentí un gran alivio.
El punto fue que después de tanto darle y darle vueltas me di cuenta que ella siempre lo llamaba Alexi, en tanto yo lo nombraba Alex, de la misma manera que lo hacía la madre y la hermana de él. He ahí.
No pasó ni un mes cuando nuevamente la tuve frente a mi puerta con otro, esta vez un tal Mario, un charlatán de mala muerte bastante desagradable. Durante el rato que conversamos, más él que nosotras, supe todo sobre su vida, donde vivía, sus gustos, su signo del zodiaco, en fin todo. De pronto, sin discusión alguna, sin comentario inapropiado ni nada Mili se dio media vuelta y se fue.
Estupefacta la vi alejarse mientras el idiota continuaba hablando y hablando, lo miré directamente a su cara y le dije ¡oye síguela! Acto seguido lo tomé del brazo y lo empujé. Sin más nada que hacer, giró sobre sus talones y se fue tras ella.
Al día siguiente fue ella quien me tuvo a mi frente a su puerta, con cara de pocos amigos le señalé que ese cachito era de ella, por lo tanto si ella lo traía ella debía llevárselo.
Pasó el tiempo y otra vez llegó a mi casa con el charlatán, ocurrió casi lo mismo, sólo que esta vez cuando ella se fue él hizo caso omiso a mi exigencia de seguirla, es más, se encogió de hombros y siguió hablando como si nada. Pero como yo no estaba dispuesta a escucharlo, ni disfrutaba de su compañía mucho menos si Mili no estaba allí, abrí la reja y entré a mi casa cerrando la puerta tras de mi dejándolo allí parado mirando como yo me alejaba.
Mucho tiempo después nos volvimos a ver con Mili, pero no hicimos ningún comentario sobre lo ocurrido ese día, nuestra conversación fue absolutamente trivial.
Como en la cueca, no hay primera sin segunda, ni segunda sin tercera, al poco tiempo ya la tuve frente a mi puerta con otro tipo, que al conversar con él me di cuenta que era bastante simpático y absolutamente distinto a los demás. Él no hablaba de él, hablaba de su familia; él no hablaba de las cosas que le gustaban, sino que nos preguntaba nuestras preferencias. Así pasó el tiempo, los días, las semanas, hasta que de pronto un día cualquiera divisó a mi mamá… ¡la conocía! Ese fue el punto final para aquella relación, todo iba a las mil maravillas, era un tipo guapo, simpático, pero lamentablemente al igual que los otros me conocía y ese fue su pecado. No entiendo aún qué problema había en eso, pero que era terrible para ella, lo era.
Todo no termina aquí, al poco tiempo otra vez estaba frente a mi puerta, no sabía si abrir o salir arrancando a más no poder, ya que el nuevo, también me conocía de antes, él fue un compañero de la enseñanza básica, con suerte alcanzamos a estar juntos uno o dos cursos.
Producto de toda la experiencia vivida anteriormente sólo me dediqué a observarlos y a no emitir comentario alguno…me fue bastante bien.
Al tiempo Javier, que así se llamaba, y Mili se casaron, pero no vivieron felices para siempre. Si bien la salvé en reiteradas ocasiones, no estaba dispuesta a continuar con esta tortura, por lo que mientras más veces ella lo llevaba a mi casa mi silencio y falta de comentarios eran mayores. De hecho fui a su matrimonio por la iglesia sin decir ni media palabra y sentí un alivio inmenso al escucharlos decir sí, pero seguí sin decir nada. No fui a la fiesta, pero lo celebré con ganas y sin comentar nada. Incluso me reí porque Javier se casó de blanco, pero yo no dije nada.
En el fondo sólo deseaba que ella tomara la decisión que considerara más adecuada y no que se guiara por lo que yo pudiera decir. Además me parecía bastante ridículo el que ella los desechara única y exclusivamente por conocerme o por alguno de mis comentarios.
Me alegra haber aprendido la lección ¿cuál? Pues una muy simple y sencilla que dice que no hay peor ciego que aquel que no quiere ver, por lo que mi silencio se ha mantenido intacto, salvo hasta hoy donde les puedo contar que verlo llegar de blanco me dio la señal más clara y directa que de santo no tenía nada.
Este novio mantenía un empleo común, pero al llegar el fin de semana siempre le tocaba cerrar. Desde el principio de su pololeo Mili creyó esto a ojos cerrados y durante el primer tiempo de casados también, pero poco a poco fue notando la existencia de ciertos detalles que la llevaron a descubrir que su blanco y radiante novio era un…Una tarde cualquiera lo esperó a la salida de su trabajo, totalmente oculta, con el firme propósito de seguirlo y descubrir la verdad, pues tal cual como ella lo imaginaba, él salió del trabajo a la misma hora de siempre, pero no caminó hacia la calle donde debía tomar el bus en dirección a su casa, sino que caminó en el sentido contrario y entró a un local. Mili esperó un instante afuera, hasta que vio llegar a un grupo de mujeres y se coló entre ellas.
Adentro estaba todo a media luz, se sentó en la barra y pidió un trago, definitivamente lo necesitaba. Cada vez fue llegando más y más gente, la mayoría mujeres. Pasado un rato cambió la música, apareció un animador quien daba la bienvenida a todas esas mujeres que visitaban el local, luego con voz estridente presentó lo que todas esperaban y, apareció él, sí el esposo de Mili, en ese instante todo fue uno para ella, las luces, la música, el baile, la ropa tirada en el escenario, las mujeres gritando enardecidas, los cientos de billetes atrapados en los calzoncillos, perdón en los diminutos calzoncillos de Javier.
Mili sólo miraba y creía estar soñando, entonces decidió regresar a casa. No supo como llegó a su casa, pero lo hizo. Tomó sus cosas y se fue a casa de sus padres sin decir ni media palabra. Javier no la buscó, pues entendió perfectamente lo que ocurría.
(Registro de propiedad intelectual n°177787)

sábado, 18 de abril de 2009

La menstruación

¡Qué rico! ¿Es esa a caso la alegre y típica expresión de una mujer en aquellos días? pues lo dudo, a menos que crea estar embarazada y obviamente no lo desea.
Porque una fémina en su sano juicio dudo que se sienta muy feliz, más aún cuando te duele todo y aquellos que te rodean te molestan y sólo deseas estar muy lejos, en una isla tan solitaria que ni siquiera cuente con palmeras.
Es cosa también de recordar esos característicos comentarios que recaen sobre ti justo cuando tu mente había logrado sobrepasar la barrera del dolor:
- ¡uuuh, qué pálida estás!
- ¿te duele algo?
O alguno de esos comentarios soeces cuando no hablas, no haces, ni actúas como los demás desean:
- No, déjala anda con la regla - esto es casi como “no te preocupes está loca, está enferma
pero no es contagioso”…creo que definitivamente prefieren estar cerca de un borracho odioso a estar junto a una dama en su periodo menstrual. No es que yo odie esta etapa…es sólo que prefiero no hablar de ella.
Aunque sí debería hacerlo, ya que me serviría para liberar todas aquellas energías negativas que de ella se desencadenan, por ejemplo decir lo desagradable que es tenerla en el verano o cuando tu trabajo queda tan cerca de tu casa que vas en bicicleta y andas con ella. Cuando estás lista para tu paseo de fin de año y…te llega, peor aún, cuando tienes listos los preparativos para una noche romántica y…te llega o cuando tienes listas tus maletas, pasajes, felices vacaciones y…te llega.
Ni hablar cuando llega esa amiga buena honda que te señala que no te debes preocupar, que para eso ahora existen los tampones ¡admiro a aquellas que los pueden usar! Cómo lo hacen, que separa las piernas, que dobla un poco las rodillas, que respira profundo o mejor no respires, que mételo con cuidado, que hazlo rápido, ¡qué terrible!
Pero obviamente me alegro porque los tiempos han cambiado, no como cuando nuestras madres, abuelas y bisabuelas eran jóvenes; ellas no se podían bañar, pues según los expertos de la época se enfermaban. Usaban pañitos, que claro, como no estaban adheridos a su ropa interior era bastante probable que se corrieran y les quedara la escoba, es decir quedaran todas manchadas con sangre y lo peor, había que lavarlos.
Por suerte en mi periodo más fatal, cuando aún no sabía que las pastillas anticonceptivas no sólo servían para no tener hijos, sino que también te ayudaban a regular tu menstruación y hacer desaparecer el dolor. Estuve cerca de una muy buena amiga, con ella nos burlábamos de esta pesadilla, le sacábamos la lengua al dolor y reíamos a carcajadas.
Dicen por ahí que es muy común que en lugares donde hay varias mujeres, éstas terminen teniendo la menstruación en la misma fecha; no sé si es verdad, hasta hoy no lo he podido comprobar, pero nosotras comúnmente coincidíamos en la fecha y si no, pues nos daba lo mismo. Entonces nos juntábamos en mi casa para realizar un secreto del tiempo de nuestras abuelitas, era muy simple y sencillo, bastaba con tener cerca unos vasos y una botella de licor de manzanilla, este licor superaba con creces a las agüitas de manzanilla tradicional. Nos servíamos un vaso para cada una y a la salud de nuestra querida menstruación lo bebíamos disfrutando su exquisito sabor.
Así el malestar y el dolor pasaban a segundo plano, ya que cada trago estaba acompañado de una larga y entretenida conversación. Se los recomiendo.

(Registro de propiedad intelectual n°177787)

martes, 17 de febrero de 2009

Juntos para siempre

Nos quedamos en Londres, con sus adoquines y construcciones antiguas, intacta al progreso. Temblábamos aún, pero la alegría nos embargaba, poco nos importaba el que dirán; era nuestro día, bendecido ahora por el cielo, pues vino la lluvia intensa y mojadora. Jamás creí que lo haría; sin embargo, cuando su rostro palideció giró sobre sus talones y echó a correr, lo seguí dejando atrás la iglesia de San Francisco. Nadie nos siguió porque al fin y al cabo todos lo esperaban, menos ese joven sacerdote que dispuesto a celebrar nuestra unión, sólo tuvo que contentarse con contemplar incrédulo nuestra huída.

(Registro de propiedad intelectual n°177787)