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"La oportunidad golpea a tu puerta todos los días. Pero no basta con eso: a la oportunidad hay que abrirle la puerta, hacerla pasar y cuidarla mucho, para que no se vaya”.

domingo, 9 de agosto de 2009

La vida te da sorpresas

Hay historias e historias, ésta me la relató un amigo, uno que no veía hace muchos años y lo encontré en un lugar cualquiera de esta ciudad.
Caminaba distraídamente por el centro de la librería Manantial buscando un libro para regalar, se me acerca alguien preguntándome por la ubicación de unos libros. Nos miramos reconociéndonos inmediatamente y fuimos a un café cercano para conversar sobre el último tiempo en que no nos habíamos visto.
Mi vida se mantenía casi igual y la de él también, sólo un hecho la cambió…en parte para siempre.
Ocurre que fue un día a visitar a un amigo, previa invitación, de nombre Juan, a quien hace tiempo no veía, llegó a su casa compartiendo un rato con la familia de éste, luego se arreglaron para salir. Una vez listos se dirigieron a un boliche cercano, recordaron anécdotas al calor de unas cuantas cervezas. Después cada uno regresó a su hogar con la firme promesa de repetir aquel encuentro.
Como los buenos amigos que siempre habían sido, no dudó en regresar de sorpresa a la casa de Juan, pero éste no se encontraba allí. Entonces fue al mismo boliche de la otra vez, tomó algunas cervezas, más de la cuenta, con la idea que a lo mejor Juan aparecería. Pasaron las horas y salió zigzagueando del local.
A la vuelta de la esquina había un grupo, unos tipos de no muy buen aspecto, estos lo empezaron a seguir, mi amigo comenzó a caminar un poco más rápido y cada vez más rápido hasta correr, dentro de lo que su curadera se lo permitía, pero le fue imposible escapar.
Lo atraparon, lo acorralaron y dentro de su borrachera se dio cuenta que todos tenían algo raro, algo diferente, cejas depiladas, pelo largo, uñas postizas, barbas rasuradas casi sin contar con pelo alguno, eran hombres vestidos de mujer. Travestis, homosexuales, gays o algo así. El punto es que comenzaron a acosarlo, a quitarle la ropa y no con la intención de robársela.
Comenzó a sentirse perdido, un terror se apoderó de él, gritaba, sollozaba y todo parecía no servir de nada. Su corazón palpitaba a mil por hora, su cuerpo temblaba de manera incontrolable y no era por la desnudez ni el frío.
Cuando sintió que ya nada podía hacer, escuchó unos golpes, unos gritos, logró zafarse de sus captores y arreglarse su ropa. Mientras estaba en eso, ya absolutamente lúcido pudo ver a “gatúbela” dando combos y patadas al más puro estilo Matrix, ella lo miró y gritó su nombre instándolo a huir… ¡era Juan!
Definitivamente ya no quedaba ni una gota de alcohol en su cuerpo, era su amigo, ahora amiga quien lo estaba defendiendo, era él – ella quien le estaba sacando la cresta a todos esos maricones y él no “la” dejaría “solo”, por lo que se lanzó a dar golpes de puños y pies a cuanto gil que se movía. Juntos como en los tiempos del colegio, cuando participaban en cuanta “mocha” había y por lo visto ésta no sería la excepción.
Le sacaron “la mugre” a casi todos, bastó un gesto de “gatúbela” para entender que “soldado que huye sirve para otra guerra”, se lanzaron a la calle a todo correr hasta llegar a la casa de Juan. Una vez allí, entraron preocupándose de dejar bien cerradas todas las puertas y ventanas, todo bien asegurado.
Luego en la pieza de Juan, mi amigo lloró amargamente liberando la angustia y horror que acababa de vivir. Pasó la noche allí, no se habría atrevido a salir nuevamente a aquella selva.
Juan cambió su vestimenta y volvió a ser el de antes, pero ya no sería lo mismo, nunca más, por lo menos no a los ojos de mi amigo. Conversaron sobre este cambio, sobre el nuevo rumbo que había tomado su vida. Mi amigo trató de entender algo que no podía comprender. Aún así comprendieron que su amistad era tan importante que podía sobrepasar esta dificultad o diferencia.
En tanto mi amigo no se cansó de agradecer a Juan el valor demostrado esa noche. Una vez más aliviado, ambos recordaron los pleitos en los que comúnmente se involucraban, rieron hasta quedarse dormidos.
Al día siguiente mi amigo regresó a su casa con la promesa, nuevamente, de volver claro que esta vez teniendo la convicción de que sólo lo haría previa invitación.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Vaya, vay qué sorpresa!! lo importante es que prevalesca la amistad, con eso ya todo es o da igual.