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"La oportunidad golpea a tu puerta todos los días. Pero no basta con eso: a la oportunidad hay que abrirle la puerta, hacerla pasar y cuidarla mucho, para que no se vaya”.

miércoles, 19 de agosto de 2009

¿Vino a buscar a su abogadito?


Caminaba con mi amiga por un pasillo de la universidad, veníamos de haber conversado con la asistente social, por nuestras cabezas rondaban peticiones, créditos, becas, entre otro montón de información. Pero todo pensamiento se detuvo de golpe cuando al otro extremo del pasillo lo vimos a él, pelo al viento, nariz perfecta, cuerpo bien cuidado; vestía unos jeans de color negro, polera ceñida al cuerpo, también negra y camisa verde olivo abierta.
Caminaba casi sin darse cuenta que lo hacía, totalmente distraído o quizás absorto en sus asuntos, en tanto nosotras fijamos nuestras miradas en él y lo vimos acercarse cada vez más, cuando ya estaba muy cerca pasó entre nosotras, no porque no se hiciera a un lado, sino porque nosotras lo rodeamos, como le dijo el lobo a la Caperucita “para verte mejor…”
Lo dejamos pasar con nuestra vista siempre fija en él, nos dimos vuelta y lo vimos perderse al final del corredor. Entonces nosotras nos miramos, sonreímos y seguimos nuestro camino rumbo a la próxima clase que nos correspondía, no sin realizar comentarios sobre lo que acabábamos de apreciar: “pero qué belleza; es un medio mino, no mejor dicho es un mino; ahora creo que realmente nos visitan seres de otro planeta, aunque creo que éste debe ser de otra galaxia; se pasó; él no es un mino, es un súper mino”. Y con ese sobrenombre, súpermino, quedó para la posteridad.
Lo que más nos llamó la atención era que en esta casa de estudio la mayoría de los tipos eran rubios y bien desabridos, también habían morenos, que eran una minoría común y corriente, pero la generalidad del sector varones se caracterizaban por creerse la muerte, te conocían hoy y al día siguiente si te he visto no me acuerdo, tenías todo un semestre con ellos compartiendo un ramo, pero nada, luego de esto no se acordaban de ti. Creo que esto se daba porque eran puras carreras de pedagogía y la mayoría de los estudiantes éramos mujeres, por lo tanto ellos creían estar en el paraíso, donde cada uno podía tener a unas diez mujeres, o más, a sus pies…no sé si a alguno le resultó.
En fin, este era nuestro súpermino, un tipo regio y estupendo que andaba por la vida sin notar los estragos que causaba a su paso.
La clase fue agradable, el profesor era un viejo sabio, que se manejaba a la perfección, aclarando todas las dudas que se presentaban, cuestionando, empujando al debate y a la reflexión. Estábamos felices. Aún así, había un rumor, se decía que si durante la clase tú interrumpías levantándote para salir, él te miraba y te interpelaba realizando la siguiente pregunta: “¿va a buscar a su abogadito?...” ¡qué vergüenza!
Junto a las carreras de pedagogía estaba la “escuela” de derecho y digo escuela porque ellos no se consideraban una carrera más, sino una escuela; ambicionaban tener una sede sólo para ellos, o por lo menos llegar a la Casa Central de la universidad, con el tiempo sólo consiguieron lo último.
Era fácil identificarlos en el campus, pues siempre usaban vestimenta formal, jamás almorzaban en el casino de la universidad y sólo frecuentaban los pasillos del segundo piso donde tenían sus clases, no se relacionaban con el submundo, ya que eso éramos para ellos.
Un día estábamos mi amiga, otras compañeras y yo almorzando en el casino cuando lo vimos entrar, era él, nuestro súpermino que tomó su bandeja y se fue a sentar por ahí relativamente cerca de nosotras. No lo podíamos creer, no había sido una alucinación, era real y lo mejor de todo era que al parecer estudiaba aquí. Entonces decidimos seguirlo, debíamos aclarar nuestras dudas: ¿era estudiante, qué estudiaba, trabajaba acá, en qué trabajaba, sólo venía a tomar un ramo, qué ramo…?
Cuando él se dispuso a salir del casino, rápidamente tomamos nuestras cosas y caminamos a cierta distancia de él. Confirmando junto a las demás nuestra apreciación, no era un mino, sino un súpermino.
El seguirlo fue entretenido, éramos una especie de detectives y volvimos a ser niñas otra vez, sentíamos que estábamos haciendo una maldad. Al final de este recorrido nos llevamos una gran sorpresa, primero vimos que este monumento de la naturaleza saludaba a un grupo de alumnos de historia, por lo tanto nos hicimos a la idea que esa era su carrera, pero no. Continuó su camino hacia el segundo piso de ese sector, nos miramos y concluimos que iba a una sección de la biblioteca que se encontraba allí, también nos equivocamos, pues se acercó a conversar con un grupo de empaquetados, típicos alumnos de derecho. ¿Qué tenía él que ver con ellos? ¿Qué hacía él con su camisa floreada en medio de ese montón de ternos? ¿Su pelo ondulado con los otros engominados? Para nosotras nada, absolutamente nada.
Descubrimos que estábamos en un error, él tenía mucho que ver, porque era alumno de esa carrera, si bien era diferente, pero no sólo conversó con un grupo, sino que además entró con ellos a clases. Guardamos silencio y caminamos hacia el sector R, donde tendríamos nuestra próxima clase. El profesor ya estaba en la sala, así es que entramos rapidito, sin hacer ruido alguno, todo para evitar que nos dijera algo. En medio de la clase me di cuenta que con esto de creerme detective no había ido al baño y lo único que deseaba era salir siendo totalmente inadvertida por el profesor, evitando así su comentario, ese del que hablaban los rumores.
Me vi de pronto de pie, pasando entre mis compañeras, en ese preciso instante el profesor tosió con el fin de llamar mi atención, se hizo un silencio casi de cementerio, la verdad es que me sentí pulverizada, era un cadáver. En ese silencio se habría podido escuchar sin problemas el revoloteo de una mariposa. Todas estaban allí observándolo a él y a mí. Lo miré, no me quedaba otra:
- Ya que va a la biblioteca, tráigame un ejemplar del libro del que estoy hablando…
Sonreí feliz, claramente no calzaba con el perfil que él tenía de la mujer que iba a buscar un abogadito, pero feliz habría salido a buscarlo…a buscar al súpermino.
Fui al baño, luego pasé a la biblioteca por el encargo, estaba recibiendo el libro cuando veo que a mi lado estaba él, el súpermino, quien me miró sonriendo, yo hice lo mismo, no fui capaz de nada más, sólo de tomar firmemente el libro y salir agradeciendo el instante recién vivido.
Quizás el comentario de mi profesor era “Si va a buscar un abogadito debe hacerlo en la biblioteca”, directamente donde él me envió. Quizás nunca antes alguna estudiante de su clase se había dado cuenta. Quizás él les hacía ver el error en el cual estaban y nunca lo notaron. O quizás fue sólo obra del destino. En fin como sea, lo importante fue que allí día a día mi abogadito y yo nos volvimos a encontrar.

domingo, 9 de agosto de 2009

La vida te da sorpresas

Hay historias e historias, ésta me la relató un amigo, uno que no veía hace muchos años y lo encontré en un lugar cualquiera de esta ciudad.
Caminaba distraídamente por el centro de la librería Manantial buscando un libro para regalar, se me acerca alguien preguntándome por la ubicación de unos libros. Nos miramos reconociéndonos inmediatamente y fuimos a un café cercano para conversar sobre el último tiempo en que no nos habíamos visto.
Mi vida se mantenía casi igual y la de él también, sólo un hecho la cambió…en parte para siempre.
Ocurre que fue un día a visitar a un amigo, previa invitación, de nombre Juan, a quien hace tiempo no veía, llegó a su casa compartiendo un rato con la familia de éste, luego se arreglaron para salir. Una vez listos se dirigieron a un boliche cercano, recordaron anécdotas al calor de unas cuantas cervezas. Después cada uno regresó a su hogar con la firme promesa de repetir aquel encuentro.
Como los buenos amigos que siempre habían sido, no dudó en regresar de sorpresa a la casa de Juan, pero éste no se encontraba allí. Entonces fue al mismo boliche de la otra vez, tomó algunas cervezas, más de la cuenta, con la idea que a lo mejor Juan aparecería. Pasaron las horas y salió zigzagueando del local.
A la vuelta de la esquina había un grupo, unos tipos de no muy buen aspecto, estos lo empezaron a seguir, mi amigo comenzó a caminar un poco más rápido y cada vez más rápido hasta correr, dentro de lo que su curadera se lo permitía, pero le fue imposible escapar.
Lo atraparon, lo acorralaron y dentro de su borrachera se dio cuenta que todos tenían algo raro, algo diferente, cejas depiladas, pelo largo, uñas postizas, barbas rasuradas casi sin contar con pelo alguno, eran hombres vestidos de mujer. Travestis, homosexuales, gays o algo así. El punto es que comenzaron a acosarlo, a quitarle la ropa y no con la intención de robársela.
Comenzó a sentirse perdido, un terror se apoderó de él, gritaba, sollozaba y todo parecía no servir de nada. Su corazón palpitaba a mil por hora, su cuerpo temblaba de manera incontrolable y no era por la desnudez ni el frío.
Cuando sintió que ya nada podía hacer, escuchó unos golpes, unos gritos, logró zafarse de sus captores y arreglarse su ropa. Mientras estaba en eso, ya absolutamente lúcido pudo ver a “gatúbela” dando combos y patadas al más puro estilo Matrix, ella lo miró y gritó su nombre instándolo a huir… ¡era Juan!
Definitivamente ya no quedaba ni una gota de alcohol en su cuerpo, era su amigo, ahora amiga quien lo estaba defendiendo, era él – ella quien le estaba sacando la cresta a todos esos maricones y él no “la” dejaría “solo”, por lo que se lanzó a dar golpes de puños y pies a cuanto gil que se movía. Juntos como en los tiempos del colegio, cuando participaban en cuanta “mocha” había y por lo visto ésta no sería la excepción.
Le sacaron “la mugre” a casi todos, bastó un gesto de “gatúbela” para entender que “soldado que huye sirve para otra guerra”, se lanzaron a la calle a todo correr hasta llegar a la casa de Juan. Una vez allí, entraron preocupándose de dejar bien cerradas todas las puertas y ventanas, todo bien asegurado.
Luego en la pieza de Juan, mi amigo lloró amargamente liberando la angustia y horror que acababa de vivir. Pasó la noche allí, no se habría atrevido a salir nuevamente a aquella selva.
Juan cambió su vestimenta y volvió a ser el de antes, pero ya no sería lo mismo, nunca más, por lo menos no a los ojos de mi amigo. Conversaron sobre este cambio, sobre el nuevo rumbo que había tomado su vida. Mi amigo trató de entender algo que no podía comprender. Aún así comprendieron que su amistad era tan importante que podía sobrepasar esta dificultad o diferencia.
En tanto mi amigo no se cansó de agradecer a Juan el valor demostrado esa noche. Una vez más aliviado, ambos recordaron los pleitos en los que comúnmente se involucraban, rieron hasta quedarse dormidos.
Al día siguiente mi amigo regresó a su casa con la promesa, nuevamente, de volver claro que esta vez teniendo la convicción de que sólo lo haría previa invitación.