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"La oportunidad golpea a tu puerta todos los días. Pero no basta con eso: a la oportunidad hay que abrirle la puerta, hacerla pasar y cuidarla mucho, para que no se vaya”.

martes, 8 de junio de 2010

El hombre camino a casa

Viajaba tarde, venía de un carrete en la casa de una amiga. Estaba un tanto cansada y preocupada, pues al otro día tendría que levantarme temprano a trabajar y no había dejado nada listo.
Mientras manejaba, en mi mente iba organizando la serie de tareas que debería realizar una vez que llegara a mi casa, primero poner a hervir agua para cocinarme unos tallarines para el día siguiente, mientras se calienta el agua, regar mis plantas, luego esto, lo otro y unas cuantas actividades más. Estaba en eso, cuando de pronto aparece de la nada un hombre en medio de la calle, no lo atropellé ni nada de eso, sólo que apareció allí sin más y yo no lo había visto ¡el susto que me llevé!
El hombre era mayor, pero no debía tener más de setenta años. Su ropa era vieja, pero impecablemente limpia. En su pecho colgaba un letrero y en sus manos llevaba un tarro.
Eso fue todo lo que alcancé a ver y fue suficiente para quedar bastante impresionada. Sentí algo extraño y un frío recorrió mi cuerpo al notar que los autos pasaban a gran velocidad por su lado, casi encima de él.
Quedé bastante preocupada ¿qué hacía ese hombre ahí, cómo los demás pasaban casi sin notar su presencia? Quizás cuantas veces yo pasé así como ahora y sólo hoy reparé en él ¡qué terrible! Esa calle era parte del recorrido habitual que yo realizaba para llegar a mi casa luego del trabajo.
Lo peor es que al día siguiente, al regresar a mi hogar, lo volví a ver, el escenario era el mismo y para los demás conductores él parecía ser parte del paisaje. Esta vez noté que a un metro de distancia de él habían dos conos de color naranja fosforescentes que servían un poco para cubrir el espacio y evitarle el ser dañado.
Día a día todo seguía igual, pero logré notar que cada cierto rato levantaba su tarro hacia los autos que pasaban haciendo el ademán de pedir dinero.
¿Qué decía su letrero? No tenía idea, durante varias semanas de observación no había logrado mucho, por lo que me propuse averiguarlo.
Al día siguiente reduje con anticipación la velocidad, para no tener problemas con los otros conductores, simulé estar buscando una calle. Al divisarlo me concentré en el letrero que decía “Tengo cáncer”.
Sentí pena, esa diminuta palabra cáncer es capaz de causar tanto dolor. Guardé silencio hasta llegar a la casa.
Pasó el tiempo y la vida continuó como siempre, salvo por un pequeño detalle. Estaba almorzando con algunos compañeros de trabajo y les comenté sobre el hombre, pero a pesar que la mayoría hacía el mismo recorrido que yo, nunca lo habían visto, les insistí dándoles más detalles, pero de nada sirvió, por lo visto yo no era la única que había pasado por allí un centenar de veces sin verlo.
Después noté que luego de esta conversación ninguno me hizo algún comentario de haberlo visto. Supuse que no les importaba.
Por circunstancias de la vida, a los meses después me tuve que cambiar de casa, pero dentro de la misma comuna, por lo que también cambié de recorrido.
Al tercer día de pasar por mi nuevo camino de regreso a casa, me encuentro con el mismo escenario, el hombre con cáncer pidiendo dinero. Al principio pensé que era sólo una coincidencia, que como en el sector estaban arreglando algunas calles, él había buscado una tan transitada como aquella o qué sé yo.
Algunos días después llevé a uno de mis compañeros de trabajo a su casa, al llegar al lugar le avisé para que viera al hombre…no vio nada, es decir nada de nada, me faltó poco para detenerme en seco frente al hombre con cáncer, pero nada. No insistí, pero quedé perpleja.
Las semanas siguientes fueron duras, todos me miraban un tanto extrañados o realizaban comentarios por lo bajo al verme pasar. Me sentí absolutamente observada.
Una de mis compañeras quedó de ir a mi casa a buscar unos documentos, al llegar la invité a pasar, con el temor de ser rechazada, mas entró sin problemas. Estuvimos conversando un rato y riendo de las tonteras que hacíamos comúnmente en la pega, luego hubo un silencio abrumador.
- Yo también lo he visto
¿Qué? quedé con ataque, todo este tiempo sintiendo que estaba loca y ella la linda también lo había visto. Me relató su experiencia, muy parecida a la mía por lo demás, con la gran diferencia que ella no insistió en preguntar a los demás como yo. Bueno, no todos somos iguales.
- Ese es el punto, tú eres diferente o algo así, por eso lo puedes ver… ese hombre está muerto, murió hace muchos años.
Quedé aterrada, no pude seguir la conversación, sólo fui capaz de pedirle que no comentara nada de esto. La verdad es que ella me lo pidió primero, estaba muy interesada en ello. La entendí, yo sabía lo incómodo que era sentirse observada hasta al estornudar. También me insistió en que me quedara tranquila, que pronto todo pasaría y no lo vería más. Si esto era cierto ¡feliz!
Esta experiencia más que llenarme de miedo me hizo tratar de averiguar más. Busqué información sobre la gente que podía ver fantasmas, me ayudó bastante, pero sentía que algo más faltaba y sabía que no me equivocaba. Entonces comencé a pensar que mi compañera de trabajo lo había matado y por eso estaba tan interesada en mi silencio.
Pasaron alrededor de tres días, estaba en casa pues ya era tarde, el sol había abandonado el cielo cuando escuché que alguien llamaba a mi puerta, miré por la ventana y ahí estaba él. No sé qué me ocurrió, pero corrí hacia la puerta, la abrí y ya no estaba, salí a la calle y nada. Entré a la casa y sentí miedo, allí alguien me esperaba, sentía su presencia. Luego no sé más, sólo desperté en una sala de hospital, con mi familia a mí alrededor. Me preguntaban qué me sucedía…no entendía nada.
Me decían que nadie había llamado a la puerta, que siempre habíamos estado todos juntos. Mi esposo se sentó a mi lado, me hizo una serie de preguntas, yo le conté lo que había vivido durante todo este tiempo, le pedí que hablara con mi compañera de trabajo, ella podría confirmar toda mi historia.
Al siguiente día mi esposo estaba muy serio, se notaba que había descubierto todo, pero no fue así, me dijo que la mujer de la cual le había hablado no estaba allí. Entonces le señalé la vez que ella había estado en casa…sólo me miró y salió de la habitación.
Ya era de noche y estaba dormida, desperté sintiendo un frío que calaba los huesos, abrí los ojos y a los pies de la cama lo vi a él. Vestía un traje negro, era un modelo muy antiguo. Su rostro estaba más pálido que nunca, sus ojos estaban clavados en los míos, levantó una de sus manos y colocando su dedo índice sobre sus labios desapareció. Entendí claramente su mensaje.
Fui dada de alta, sólo el stress me provocó un leve estado de delirio. Mi familia estaba más tranquila.
Para mantener dicha tranquilidad yo guardé silencio, no toqué más el tema, como me lo había indicado aquel hombre. Aún así averigüé un poco más y descubrí que no estaba equivocada. Mi compañera de trabajo sí existía o había existido, fue una mujer que trabajó por muchos años en la empresa en la que ahora yo estaba, un día en que ella regresaba a su casa había atropellado a un hombre que pedía limosna. Cayó en una terrible depresión que la llevó al suicidio, en el parte policial sus más cercanos decían que ella insistía en que veía al hombre que había atropellado... ambos estaban muertos.
En ocasiones, camino a mi hogar lo veo, veo al hombre con cáncer y sé que ella estará esperándome en casa. Si logras ver a uno, pronto verás al otro…es así, así lo he vivido yo y así lo vivirás tú.

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